"Oldfield sin Oldfield"
Actualizado: hace 4 días
La Revista Musical Catalana ofreció una crítica de nuestro concierto en el Palau de la Música Catalana de Barcelona de la mano de Carlos García Reche.
El crítico musical, pianista y compositor, destaca la presencia de Rosa Cedrón, cantante solista y chelista, así como la aportación del quinteto de percusión africana Djilandiang.

Traducción del artículo al castellano
Oldfield sin Oldfield: Opus One despide la trilogía con un lleno absoluto en el Palau de la Música
Palau Fronteres. Rosa Cedrón, voz solista y violonchelo; Pello García, cornamusa irlandesa; Esther Pinyol, arpa; Jaume Yelo, percusión y flauta de pico; Ivó Oller, flauta de pico y trompeta. Djilandiang. Coro de niños. Opus One. Xavier Alern, guitarras y otros instrumentos, director. PALAU DE LA MÚSICA. 13 DE FEBRERO DE 2026.
El intenso chubasco de última hora no impidió que un Palau lleno hasta los topes recibiera de nuevo Opus One, el conjunto dedicado al repertorio de Mike Oldfield y creado como conmemoración del quincuagésimo aniversario del mítico disco Tubular Bells, en una velada que, enmarcada dentro del ciclo Palau Fronteres, volvía a ofrecer una propuesta alternativa con la voluntad de acercar los amantes de la música clásica a otros estilos –y según se mire, también a la inversa. No cabe duda de que la fórmula y el formato han vuelto a dar frutos en este tercer capítulo en el que las casi dos mil localidades quedaron agotadas.
En esta ocasión el conjunto liderado por Xavier Alern volvió a ofrecer un díptico, en este caso formado por el citado Tubular Bells (1973) y Ommadawn (1975), su tercer disco. A pesar de no contar con Maggie Rilley, como sí fue hace tres temporadas y también en el reciente concierto en el Auditori del Fòrum, el barcelonés se volvió a rodear de los miembros habituales de la formación, incluyendo colaboradores cercanos a Oldfield, como la cantante y violonchelista Rosa Cedrón –Tubular Bells III (1998)– una de sorpresas de la segunda parte.
En 1973 tuvo lugar un peculiar caso de recontextualización musical: una melodía –por cierto, aparentemente inspirada en la famosa Tocata y fuga de Bach– compuesta por un joven compositor casi desconocido de cerca de diecinueve años, y sin ningún significado programático concreto, quedó asociada no sólo a la película sino también de maner involuntaria a los géneros de terror y misterio dentro del imaginario popular colectivo. La anécdota, ya conocida, no lo es tanto como la música en cuestión.
A estas alturas, e independientemente de la generación a la que pertenezca el lector, Mike Oldfield no requiere demasiadas presentaciones. Sin extendernos demasiado, podríamos decir, en primer lugar, que no se trata de un artista que pueda reducirse, en términos de aceptación, a un radical “blanco o negro”, sino que admite una amplia gama de grises; una gama con tantos matices como discos de su extenso catálogo. Se erigió progresivamente en un fenómeno mediático y la vinculación con The exorcist fue un fortunazo que, simplemente, amplificó el reconocimiento de un músico que tarde o temprano estaba destinado a llegar. Su propuesta resultó demasiado ecléctica para ser considerada una de las vacas sagradas del rock progresivo y sinfónico; una peculiar mezcla de folk celta, música clásica, rock melódico y espíritu New Age que dio lugar, pese a no tratarse de una música excesivamente cerebral, en varios discos considerados de culto, tanto por la crítica como por el público. Esta posición de respeto se mantuvo bien resguardada de las posteriores y puntuales derivaciones hacia el pop –especialmente los hits–, y sobre todo hacia el chill out a partir de los noventa; una etapa que sin duda le apartó del oyente más selecto que le había acompañado durante más de quince años. En definitiva, podríamos decir que se trata de un compositor multiinstrumentista que, al margen de gustos, llegó a ser innegablemente capaz de transitar con naturalidad entre la experimentación y el gran público.
En cualquier caso, en esta crítica no pretendemos diseccionar punto por punto la trayectoria de Mike Oldfield, y centrándonos en el valor que tiene interpretar su música –ya que hace años que el británico no muestra demasiado interés en hacerlo personalmente, posiblemente por cuestiones personales–, celebramos que una formación de kilómetro cero impulse la iniciativa más importante del momento en este sentido. Para empezar, no hace falta una oreja muy fina para admitir que, sin duda, Opus One cumple lo que promete: “una esmerada y exenta interpretación de anacronismos”, y el pasado viernes el conjunto ofreció una lectura fiel y de notable rigor musical y tímbrico.
La primera parte resultó especialmente sólida, con los integrantes recorriendo los diversos grupos temáticos de Tubular Bells, con un inicio firme a manos de Santiago Galán y Adrià Bravo desde los teclados. “Fast guitars” y “A minor tune” figuraron entre los pasajes más exitosos del primer bloque, que discurrió sin sustos, salvo un “Blues” no tan consistente. El segundo fragmento, igualmente ininterrumpido, ofreció también momentos memorables, como Peace y la sucesiva Bagpipe guitars. El festival instrumental sonó equilibrado desde la mesa de mezclas terminando con un simpático “Caveman” encarnado por Xavi Lite, poco antes de poner al público a dar palmadas con “The sailor's hornpipe” con Alern desde la mandolina y el metrónomo bien controlado.
Ommadawn ocupó la segunda parte; un disco muy "especial y mágico", en palabras del propio Alern, una adaptación sólo posible "después de un gran trabajo". Con cambio de vestimenta, el conjunto se adentró en los ondulantes pasajes iniciales con acierto y cohesión, pese a las puntualidades del directo y una reverb vocal quizá demasiado tímida. Los siguientes sonaron correctos, especialmente el pasaje folk, y la atmósfera contemplativa respetó sus tiempos. La aparición de los Djilandiang en el pasaje de inspiración africana fue positiva en el sentido de que el público sin duda gozó, pero cabe decir que la hipervitaminada amalgama rítmica obviamente restó fidelidad al material original –donde la percusión es notablemente más discreta–; una licencia artística que, lejos de desentonar, puede encontrar justificación en el espíritu “improvisador” que hasta cierto punto marcó también la gestación del disco. Sin embargo, la mezcla de instrumentos dio como resultado una estampa interesante que culminó en uno de los mejores clímaxs del concierto, rematado por un generoso solo intensamente aplaudido, interpretado por los senegaleses.
En el segundo fragmento destacaron los compases de gaita y unas muy pulidas intervenciones de guitarra plenamente al “estilo Oldfield” de Manu Suárez, justo antes de afrontar los pasajes finales con la precisión de los instrumentistas de viento, manteniendo el buen nivel de la primera parte. Una emotiva “On horseback” –satisfactoria pese a la discreta participación de los más jovencitos, entrados en escena hacia el final– despidió oficialmente el programa. Alern cumplió la promesa de “no volver a tocar Moonlight Shadow”, exclamada en el Fòrum en clave de broma, pero sí quiso regalar el oportuno bis del pasaje climático de la segunda mitad –“Ommadawn Pt.1”– aprovechando la presencia del conjunto invitado, que nada más terminar, puso a bailar al Palau con sus ritmos africanos.
El proyecto Opus One, que recorrerá este 2026 varios escenarios, con paradas en Madrid, la Comunidad Valenciana y Tarragona, entre otros, cierra así la primera trilogía: una aventura muy bien recibida por los seguidores de Mike Oldfield y que deja bien claro que el conjunto no es una simple “banda tributo”, sino algo más ambicioso, capaz de sintetizar y proyectar su espíritu musical con profesionalidad. Deseamos que el viaje continúe con nuevas entregas –¿quizás Incantations, siguiendo el planteamiento cronológico?– y, aunque actualmente Oldfield no da síntomas de querer volver a los escenarios, nosotros sí queremos volver a su música. Porque la música es música, y no entiende, ni de tiempo ni de espacios.
Podéis acceder al artículo original, en catalán, en este enlace.




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